Las voces del cambio

  • Pablo Lorente

Juani, Brenda, Jose y Sandra representan la generación de la ruptura, de la transformación en la comunidad gitana. Con sus logros académicos y aspiraciones, rompen estereotipos dentro y fuera para avanzar en igualdad

Pablo Lorente

Juani quiere ser la voz de su pueblo, ni más ni menos. Por eso cuando acabe la ESO estudiará Derecho. Hay personas a las que por el simple hecho de ser y parecer se las vigila por los pasillos de un supermercado. Personas a las que se les hace pagar por adelantado la consumición en un bar antes ni siquiera de haber tocado el vaso o a las que se les deniega la entrada a un local de ocio por sus rasgos. Personas que son tratadas con desdén por hacer un sábado por la mañana algo tan radical como ir a comprar en familia una cocina a un establecimiento donde venden cocinas. Hay personas que sin parecer ni aparentar pagan cada día el precio que le ha puesto la sociedad a sus apellidos o a las caras de quienes les acompañan. Juani quiere ser la voz de su pueblo porque su objetivo es romper con todo eso.

Pablo Lorente
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Ella, Jose, Brenda y Sandra están en todo lo alto, con los pies en el suelo de una azotea del techo de Ciudad Real desde donde inician una conversación que transita sin tapujos ni medias tintas de costado a costado. Jose es técnico superior en animación sociocultural y turística y el año que viene, «dios mediante», cumplirá su sueño de estudiar también Derecho. Brenda empezó hace unas semanas su primer año de Magisterio tras regresar en junio de un Erasmus en Berlín para concluir su Ciclo Superior de Educación Infantil. Sandra estudia el segundo año del Grado Superior de Integración Social porque tiene muy claro que lo suyo es la gente, escuchar, dialogar y ayudar.

Son gitanos y los cuatro pertenecen a la generación de la ruptura, del cambio. Son los primeros en sus familias en cursar estudios superiores. Son la avanzadilla de lo que quiere llegar a ser la comunidad gitana. Orgullosos de su etnia, cultura y tradición, alzan su voz para reclamar que cesen los estereotipos que no dejan avanzar hacia la igualdad, porque las barreras siguen estando en los mismos sitios. Para ellos, estudiar no significa sólo completar su educación, se trata de una cuestión que conlleva muchos más factores. Contribuyen a transformar la visión que el resto de la sociedad tiene sobre los gitanos.

«La discriminación está normalizada y nos encontramos situaciones de desigualdad en cosas tan básicas como viajar en ‘Bla, bla car’, que es algo que hacen todos los chicos de nuestra edad». Jose Hernández Fernández tiene 24 años y llega a lo alto con una mochila cargada de libros. Este año se centrará en mejorar su inglés. Ha nacido, se ha criado y vive en el barrio de Cañamares, en la periferia sur de Puertollano. En su casa siempre ha encontrado el apoyo necesario para seguir avanzando, porque sus padres, que se han dedicado a la venta ambulante, están concienciados de la importancia de que su hijo esté formado. No obstante, en el barrio su perfil todavía resulta extraño. «Me gustaría decir que llegué al grado superior después de haber hecho la ESO pero no fue así, salí del instituto con 16 años sin la Secundaria, yo era uno más que tenía que ayudar en casa, entonces cuando partes de ahí, de una situación de desventaja y ven tu evolución choca, pero ahora muchos de mis amigos me dicen ¡Ey Josico ayúdame a prepararme esto o lo otro!»

Siempre ha tenido claro que si estudiaba algo era Derecho y realmente fue todo muy bien hasta la etapa de la ESO. «Empiezas con 12 años en el instituto y no filtras las cosas, no las llevas como las podría llevar ahora. Sufrí un caso de discriminación en la educación que me hizo venirme abajo», esboza sin querer contar demasiado porque hay cosas que aún superadas, machacan.

Enfrente tiene a Sandra Montoya Maya. A sus 24 años fue la primera en iniciar en su familia estudios posobligatorios. «Quiero estar los suficientemente capacitada y tener los suficientes conocimientos y herramientas para poder ejercer como técnico superior de integración social que es mi verdadera vocación». Se le da bien la gente, y le resulta fácil relacionarse con ella y ganar su confianza. «Un día me dije a mí misma cómo puedo hacer para que esa capacidad que tengo sirva para formarme aún más y perfeccionarme para ayudar a las personas, sobre todo a la gente de mi comunidad». Así fue como dio en la diana de la integración social. Es madrileña, allí nació y hasta hace dos años allí vivió. Sus padres, su hermano pequeño y ella se trasladaron a Ciudad Real por motivos familiares.

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«Yo aspiro a ser la voz de mi pueblo, sigue habiendo racismo por eso se necesitan gitanos con formación y si seguimos rompiendo estereotipos podemos tener más voz». Juani Gabarre Maya tiene a sus 21 años las cosas muy claras. Su padre es monitor de guitarra y su madre ama de casa. «La discriminación sigue estando ahí, el otro día estaba comprando en una tienda de Ciudad Real y entró una gitana y la dependienta le dijo a su compañera ¡Sigue a la gitana! y me molestó y le contesté que por qué tenían que seguirla».

Vive en el barrio del Pilar, en el que la Fundación Secretariado Gitano (FSG) detectó hace dos años un problema de convivencia entre gitanos y no gitanos. A raíz de eso se inició el proyecto Construyendo Puentes del que Juani es monitora. «El rechazo era bidireccional y a través de grupos de trabajo, de convivir y trabajar desde la infancia se han dado pasos de gigante. Yo sentía rechazo, pero hablando y conociéndonos todo cambia. Yo adoro a mi compañera, la quiero, y no es gitana».

Gitanos invisibles

Critican la educación segregada, en colegios gueto donde se concentra la población gitana y donde se han detectado mayores índices de fracaso escolar. En un centro de ese tipo, el CEIP Doctor Limón de Puertollano, es donde estudió Brenda Hernández Segador. Tiene 20 años y define sus tres meses de Erasmus en Berlín como una experiencia «indescriptible, brillante. Onírica es la palabra». Al principio pensaba que sólo sería un viaje pero no sabía dónde estaba a punto de embarcarme».

Brenda es el ejemplo más sangrante del llamado gitano invisible. Sus rasgos poco o nada guardan relación con los que se asocian a la mujer gitana. Es rubia, de ojos verdes y piel blanca, pero sus apellidos, sus amigos o su procedencia la delatan. Son gitanos que si no dicen que lo son, no se sabe. «Tenemos infinidad de maneras de vivir, y lo único que necesitamos es tener las mismas oportunidades laborales y educativas que cualquier persona».

«Aunque no lo parezca, he sufrido discriminación. En mi colegio la mayoría del alumnado era gitano y los profesores pensaban que cuando terminara Primaria, si es que la terminaba, iba a casarme y a tener hijos y cumplir así con el estereotipo y te lo dicen», pero la sorpresa es que desde Infantil hasta sexto de Primaria tuvo matrículas de honor.

Por eso y porque dentro también rompen clichés, siempre ha sido «el bicho raro de la familia». Su madre trabaja en un hostal en Puertollano y su padre está desocupado. Siempre la han apoyado. Brenda tiene una hermana de 16 años que abandonó los estudios pero a base de motivación y refuerzo positivo ha conseguido que empiece en octubre un módulo de peluquería. «Somos piedras que nos pulimos a base de golpes y hay gente que está esperando a que en una de estas caídas nos rompamos, pero eso no sucede porque lo que verdaderamente importa nace en la adversidad».

Dentro de su propia comunidad, estos jóvenes estudiantes también escuchan eso de «te estás apayando», como si un gitano por estudiar dejara de ser gitano. «Es todo lo contrario, arraigamos nuestra cultura, la quiero más porque la conozco mejor y más la amo». Jose cuenta que fuera de su comunidad les dicen que ellos son de los buenos, cuando se enteran de que están estudiando. «Yo soy gitano, sin más».

Brenda, Sandra y Juani, por su parte, sufren una doble discriminación por ser mujeres y gitanas. «Si ya en la sociedad patriarcal en la que vivimos ser mujer es una dificultad añadirle ser gitana es la múltiple discriminación por pertenecer a una minoría étnica». Una minoría que en España está representada por cerca de un millón de personas.

Los cuatro rompen estereotipos dentro y fuera, son la punta de lanza de una generación de entre los 20 y los 30 años, el cambio porque antes no se habían dado las circunstancias. Los gitanos tienen acceso a la educación desde finales de los 70 y 80 con las escuelas puente pero ahora con esta generación la comunidad gitana es la dueña de su propio futuro. Son la voz del cambio. Y ellos son los referentes positivos que necesita cualquier colectivo para romper tópicos. «No es fácil impulsar una transformación, pero estamos en un momento muy bonito del que somos protagonistas».

Reportaje gráfico de Pablo Lorente www.pablolorente.com