Perdidos en nunca jamás

en Historias

Entre chatarra, ratas y humedades sobreviven los hijos y nietos de los reyes gitanos que soñaron un día con la dignidad y la gloria en San Martín de Porres, el país de nunca jamás sin reglas ni leyes al que nadie quiere entrar y del que nadie puede escapar. Así late este poblado chabolista medio siglo después de nacer

A Fondo en San Martín de Porres. Hemos quedado con uno de los primeros gitanos que llegó al barrio cuando se creo para empezar el reportaje. afondo, a fondo, san martin de porrres, gitanos,

«No es ni un orgullo ni una putada. Se nace gitano y gitano se muere uno». La putada es vivir y tener que morir allí, al otro lado de la línea que separa la calma del jaleo, el satén del percal. Así lo ve Emilio Torres Cádiz, uno de los primeros reyes de San Martín. Sus 73 años los lleva clavados en las bolsas de sus ojos, en los párpados caídos y en los surcos de la piel. En la sien tiene grabado el estigma de vivir en uno de los asentamientos chabolistas más grande que todavía late con fuerza en el corazón de España, a la sombra de Ciudad Real, a sus espaldas, como un paisaje mal dibujado, en blanco y negro contrastado, con el descaro y la osadía de lo ordinario. El lugar donde el instinto invita a no parar, donde habita lo marginal, la insalubridad y la mala vida, donde se nace príncipe y se termina perdido, sin esperanzas ni escapatoria. Un sitio sin puertas que estorba a la vista, donde no se quiere entrar y del que no se puede salir.

Emilio el gitano dio a los 22 años con sus huesos en El Cachorro casi esquina con Carmen Amaya, en San Martín de Porres, el barrio que ya no será nunca jamás la sombra de lo que quiso ser, convertido en un suburbio que no deja de crecer tras los barrotes invisibles de la inseguridad y el hacinamiento, bajo la uralita, sobre basura, trastos viejos y barro, el rincón en el que conviven las ratas con las lamentaciones, donde la inocencia camina descalza con mocos secos pegados en la cara, sorteando imposibles socavones entre chozas de pladur, baldosas rotas, hierros oxidados y podredumbre. El sitio donde duele más la dejadez que el frío y el hambre, donde nadie quiere mirar porque es mejor no ver más allá ni saber de más.

Tose con ansia, arranca la flema de su garganta, se toma a regañadientes el jarabe que le da Dolores y mira desafiante mientras mastica un palo de hinojo con parsimonia. Es mediodía y en el interior de su casa de obra, de ladrillo y cemento, huele a sopa de sobre, con polvos de pollo y trazas de fiambre. Emilio no tiene miedo a nada ni a nadie, ajado como está en las batallas de la chatarra, la rebusca de la aceituna y la calle, ha hecho de todo, hasta trabajar en la construcción y de vigilante. Ahora, este viejo gitano ya no tiene fe en San Martín ni en su escoba, sólo en Dios, al que no reza, sólo le pide cosas. Si las concede le da las gracias y si no, pues nada. «Decir que he sido feliz en este sitio es decir mucho ¿Quién puede ser feliz aquí en este campo? Hemos vivido como hemos podido», como el hombre que soñó con la gloria en tierra hostil.

Sentado en una silla en la acera al sol de abril, con cordón de oro al cuello y oliendo el humo negro de una hoguera de colchones, lamenta no haberse podido ir. Una casa vieja en El Cachorro es un recurso valioso cuando no se tiene dónde dormir, pero se ha ido mucha gente, el que ha podido y el que ha tenido que hacerlo para salvar el tipo. «Aquí estamos desahuciados, abandonados, yo claro que me quiero marchar ¡Si llevan diciendo cuarenta años que esto lo van tirar! pero yo quiero ir a vivir entre payos, no entre gitanos porque al final no nos quiere nadie. Si un payo hace algo malo se le juzga a él, si lo hace un gitano se nos juzga a todos y a eso lo llamo yo racismo, porque si yo no he hecho nada por qué tienen que mirarme mal».

En la penuria y la segregación no se vive, se sobrevive. Emilio es uno de los gitanos más antiguos de San Martín de Porres. De los pocos que quedan de aquellos vecinos que hace medio siglo llegaron a inaugurar un barrio de dos calles a las afueras de la capital, con 53 viviendas recién construidas para realojar a un grupo de familias de la Eras del Cerrillo, donde había que levantar un polígono industrial y donde años después empezó a reinar la justicia. «Mi padre pagó por aquella propiedad en las Eras cinco euros el metro cuadrado y a cambio le dieron esta casa sin escrituras ni nada. Conoce toda España lo que es San Martín como conocían lo que eran las Eras del Cerrillo, pero les da igual, sabe todo el mundo lo que hay aquí».

Han pasando cincuenta años de una vergonzante realidad de pobreza y segregación en chabolas que han surgido adosadas a las casas, con retales de chapas, madera y gres, permitidas y consentidas. En San Martín conviven ya unas ciento cincuenta o doscientas personas y otras tantas ratas, quizás más. No paran de salir niños y mujeres de las casas, grupos de gente joven, en bicicleta, fumando, charlando, arreglando coches, mujeres embarazadas sin arrugas en la cara, hombres recién llegados en furgonetas de rebuscar en el campo.

Son los hijos y nietos de los primeros reyes del poblado, de los Cádiz, los Torres y los Amador, las nuevas generaciones que han ido levantando los cimientos de sus vidas con otras reglas, «sin respeto a las canas, echando la basura donde les da la gana». Se enamoran, se casan y levantan en un trozo de tierra que no les pertenece su imperio, de la nada, en la miseria de la ilegalidad.

«!Y qué van a hacer, si no les dan vivienda tienen que levantarse una chabola porque tendrán que criar a las criaturas en algún sitio!», dice la mujer de Emilio cargada de razones, con la bata de guatiné, zapatillas de paño y moño en lo alto. Y así ha ido caminando y creciendo el barrio, sin control ni miramiento, con una población articulada en una pequeña ínsula que crece a espaldas de la sociedad. «Yo le he ensañado a mis seis hijos a que respeten lo que no es suyo, a que se busquen la vida y a que no tengan que hablar mal de ellos, eso sí son leyes gitanas. Y eso es lo que hace la gente aquí, buscarse la vida. Cada cual que se la ventile como pueda, porque luego pasa que la gente joven no hace caso a nada». Los príncipes perdidos, que ya han nacido y se han criado en eso, en lo más barrio bajero.

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Caminando por la única acera de El Cachorro se acerca la Dolores de San Martín. Vive a cuatro puertas de Emilio y es también una de las primeras reinas que llegó allí hace medio siglo. De luto, pelo gris y un mar de arrugas, lleva delantal, medias negras y todo un saco de años a sus espaldas. Es la dueña de una garrota, un sinfín de fotografías antiguas y una de las 53 casas con persianas rotas que todavía siguen pobladas. En el barrio ya quedan pocas con almas, ahora ya hay más chabolas que casas habitadas. En San Martín viven sus hijos y en San Martín morirá, gitana «hasta el hueso». «Que somos igual que las payas, pues sí, porque nos hemos criado más con los payos que con los gitanos». Ya casi no recuerda cómo era al principio San Martín, sin tanta basura, con más respeto y sensatez, cuando se hablaba ya entonces, hace cuarenta años, de que se iba a demoler. «Lo llevan diciendo de siempre y no lo tiran, ojalá y lo hicieran y nos dieran mejor vida».

El final de El Cachorro y el principio de Carmen Amaya empiezan a bullir. En San Martín el que no chatarrea rebusca en la cosecha, vende fruta, arregla motores, hace de gorrilla, se busca fuera la vida como y donde puede y dentro el punto de encuentro es el atardecer, la música, las ganas de salir al sol y florecer. Hay movimiento, griterío, niños llorando y riendo, pasa el de Correos en su moto amarilla esquivando lavadoras destronadas y grandes hoyos, hondonadas en el pavimento de las dos vías principales que más que baches son cavernas oscuras hacia el centro de la tierra.

En la inmundicia

Sara Amador hubiera querido ser otra cosa, tener estudios, ser incluso profesora. Con 27 años es madre de tres niños e hija de Sofía, la que vende ajos a las puertas del mercado de abastos. Por vivir, malvive enfrente de la casa de Emilio en una chabola de pladur, a ras del campo, los hierbajos y los cardos, sin agua corriente ni baño, de la que ha tenido que huir porque era eso o ver a sus niños comidos por las pulgas. Por ese motivo los grandes socavones de las calles le traen sin cuidado. Ahora están de prestado en la barraca de su madre, que tiene algo más de empaque. «Yo he llegado a abrir una casa porque no podía seguir aquí, mi choza es la peor del barrio, una mañana amaneció la cama de mis niños con una rata y abrí ese piso porque nadie nos alquila, porque no sé fían, al final desesperas, como lo haría cualquiera». Su obsesión es salir de San Martín, que sus hijos no tengan que vivir en lo mismo, que no se eduquen en ese ambiente, que no tengan que crecer así.

A los 14 se casó con Antonio, de los Amador, que ahora tiene 31 y por desear ha llegado a querer no ser gitano, perdido como está en nunca jamás. «Yo sé como viven los payos, he vivido entre ellos y eso es lo que yo quiero para mí y los míos, si tiraran el barrio les ayudaba yo con mis propias manos». Sabe lo que hay, lo que supone seguir allí, lo que implica hacer lo que no se debe, el infierno al que se dedica mucha gente para mantenerse y subsistir. «Eso sólo trae cosas malas, lo he visto de pequeño y no quiero que lo vean ellos, la buena verdad te digo, yo lo poco que saco, lo saco de forma honrada de la chatarra, de la fruta, aparcando coches, pero honradamente y yo he trabajado en muchos sitios como albañil y siempre he cumplido».

Cuando juntan un dinerillo de las ayudas después de seis meses en un plan de empleo o de cobrar el subsidio, salen a cenar, a dar una vuelta, al parque con los críos, siempre con el San Martín en la frente. «Aquí se sobrevive, no sacas nada bueno, tú te vas a una vivienda por ahí a otro barrio y te sacan a trabajar, te dan una oportunidad, pero dices que vives aquí y todo el mundo desconfía, dicen que vienes de un barrio conflictivo, es así». Cargan con una doble discriminación, gitano y del poblado; la de ellas es triple, mujer, gitana y de San Martín.

A la espalda lleva Antonio a Sara tatuada y al cuello su penitencia, su acto de fe, un cordón negro de hábito por el tío Ramoncico, un santo gitano. Se lo cuelga seis meses o un año, el tiempo que considere necesario para redimir su impulso a beber y no caer en el abismo, en donde está desde que hace 14 años mataran a su abuelo y su tío delante de él. Aquella trágica vez que el barrio de la amargura se tiño de rojo rencor y fijó un antes y un después. «Cuando hay peleas, yo lo paso muy mal porque me recuerda que toda mi familia se tuvo que marchar, desde entonces llevo una medicación muy fuerte, aquí no se aprende ni se saca nada bueno, te lo digo yo».

Hijos de lo marginal

En San Martín las niñas ya no quieren ser princesas que juegan con muñecas y los niños lo primero que aprenden a fumarse no es una clase. La pobreza y la exclusión se mama, se aprende, se multiplica y acaba penetrando en los genes, en la forma de ser y crecer. Se asumen las maneras de la calle para defenderse, el uso de la jerga del barrio, ese vocabulario del que Sara y Antonio no quieren oír hablar para sus críos. Han asumido su sino después de morder cien veces la cola de la sardina. «No me dan vivienda ni nadie me alquila porque no tengo trabajo, pero no me dan trabajo porque soy gitano». Lo tienen aprendido y así gastan el día, dándole vueltas a lo mismo.

«Que cómo vivimos, pues acabas loco de tanto pensar y de qué sirve que lo contemos ¡Si les da igual, si vamos a morir entre ratas!», dice una joven desde su chamizo.

Juan Cádiz y Sara Rodríguez tampoco quieren seguir allí, y así se lo hacen saber a su asistenta social, con tres niños de años seguidos, a las espaldas de San Martín, en la parte que no se ve desde la ronda del Jaleo, la que esconde el barrio con vistas a los chalés, a las amapolas y al campo. «Por las dos calles principales todavía pasan de vez en cuando, pero en esta zona no limpian ni vienen a arreglar nada». Las chabolas se miran unas con otras, todas llenas de humedades, con muebles comidos y estancias de baldosas levantadas, calentadas con viejos radiadores de dos resistencias y cables pelados con enchufes negros, hasta serpientes quieren vivir allí.

«Esto no va a parar de crecer, que no se equivoquen, porque los niños que nacen aquí no conocen otra cosa y vivirán así», en un gueto a dos minutos de la normalidad.

San Martín de Porres es desde hace demasiado tiempo un pozo de miserables, de personas que sueñan con vivir con dignidad, con un techo real, pero que sólo pueden aspirar a seguir perdidos en el país de nunca jamás, de donde no se puede escapar.

Reportaje gráfico de Pablo Lorente www.pablolorente.com

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