La pradera de los pies negros

Comienzo

 

En el Valle de Alcudia hay encinas milenarias, vacas y ovejas a sus anchas, poblados al final del túnel y nativos que resisten con los pies embarrados, curtidos de batallar para que sus pedanías no mueran víctimas de una despoblación irreversible

El cartero se ha hecho fuerte en La Bienvenida. Es uno de los nativos que resiste en el oeste ciudadrealeño, donde el sol parece que no termina nunca de ponerse dibujando de naranja las viejas ruinas. Hay casas y torres caídas de mampostería de un pasado de minería, inmensas lagunas, encinas milenarias, vacas a sus anchas de una gran cabaña de ganado en extensivo; caminos de baches, puentes caídos y túneles infinitos que atraviesan en canal los montes que envuelven la extensa dehesa con la mayor cañada de España. Cientos de personas llegó a contabilizar Alfonso Ruiz cuando se recorría el descomunal Valle de Alcudia de cabo a rabo, desde Fuencaliente hasta Almodóvar del Campo, rumiando el polvo, esquivando ovejas merinas y batallando con la correspondencia en la mano.

Ahora el mensajero ya no tiene prisa. Vive en un lateral de la plaza blanca y cuadrada de La Bienvenida, en la única casa ocupada, porque en el resto de la aldea ya no queda un alma. Se levanta con vistas a Sisapo, los restos de la ciudad romana que resisten a los pies del volcán de Los Castillejos el paso de la historia de la comarca. En medio de todo eso aguanta el hombre que hace una década dejó de llamar con los pies embarrados a las puertas ajenas. «Nací en San Benito y tenía 11 años cuando llegué aquí con mis padres, me he recorrido toda Alcudia, he sido el cartero de esto durante 34 años y puedo decir que hay 365 fincas y que en el padrón de hace 30 años había en esta parte del valle 600 familias. Si ahora quedan 40 es de puro milagro».

A fondo, Valle de alcudia, reportaje sobre antiguos pueblos y la resistencia de los vecinosa permanecer en las aldeas.

Alfonso es el último indio del fuerte de La Bienvenida, como Verónica o Pilar de Minas del Horcajo, Paqui de Veredas y Tomás de Ventillas. Resisten porque quieren, porque prefieren eso a la civilización del ruido y las prisas, porque sin ellos sus poblados corren el riesgo de morir víctimas de una despoblación irreversible. En la pradera de los pies negros de pisar el barro, la tierra para pasto y los caminos lodados, viven los nativos del sol poniente, de los ocasos infinitos, en el lugar donde nada estorba a la vista.

La Bienvenida tiene una fuente redonda en la plaza y una vieja escuela, una ermita y una antigua venta con puertas de madera, a la que se llega por la CM-4202 en dirección a Alamillo. No hay nada más, salvo las espectaculares vistas en las que reinan los buitres negros y las águilas. «Si sigo aquí es porque mi hijo después de tener una carrera se ha tenido que tirar al campo y al ganado y yo le tengo que ayudar, por eso resistimos y porque nos gusta, claro está». En el corazón del Valle de Alcudia, allá donde hace mucho se cruzó La Bienvenida con su destino.

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Tomás Aguilar vive lejos de cualquier sitio. Es como el chamán de la tribu, alejado de todo, en el monte, aislado. Tiene los pies negros, curtidos de andarse la colina. Para llegar desde Ciudad Real a su casa primero hay que tomar la arteria de la N-420 que parte en dos la inmensa pradera del valle hacia Fuencaliente y girar hacia un camino a la izquierda que dura seis kilómetros y veinte minutos. «¡Eso si no ha llovido mucho y no está embarrado, porque ha habido veces que nos hemos quedado aislados!» También hay que abrir bien los ojos durante el trayecto para deleitarse entre la niebla matutina y el sol naciente con la mirada fija de los ciervos en plena sierra. Tomás es la única persona empadronada en Ventillas, el único que vive durante todo el año en el pueblo de las tres calles, al ritmo del agua que cae constantemente de la fuente del Almirez. «Hace 20 años hubo trece personas empadronadas porque nos dijeron que así tendríamos más servicios, pero eso no ocurrió y la gente se fue borrando. Cumplimos con los deberes de cualquier ciudadano, pero en la práctica tenemos menos derechos».

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En verano, sobre todo, y durante buena parte del año, Tomás y su mujer María no están solos. Cuando están todos son unos treinta vecinos, que tienen la mayoría su residencia en Puertollano y pasan fines de semana y temporadas en la aldea de Fuencaliente, con el río Montoro al lado y una ermita a la que se llega a pie, la de San Marcos. Hay también un pequeño cementerio de dos cruces centenarias comidas por la maleza y el tiempo y un colegio de una habitación con chimenea, donde hace más de 60 años los niños estudiaban matemáticas y lengua.

La vida de Tomás en el edén empezó hace medio siglo cuando se compró una casa en la calle donde su mujer se crió, donde llegó cuando era una niña con sus padres ganaderos a un pueblo que era paso natural entre Ciudad real y Andalucía, lleno de pequeñas ventas para descansar. Tomás trabajó en Repsol 20 años, se prejubiló con 59 y ahora, a sus 73, ha optado por una vida casi ermitaña. «Es lo que me gusta, hay gente que no entiende que vivíamos así, pero es lo que yo quiero». Su única ocupación son las gallinas, talar madera, los largos paseos por el entorno y pensar cómo mantener el poblado para que no muera. «Hay muchos días o semanas que estoy solo en la aldea porque mi mujer se va a Daimiel a ayudar a mi hija, pero estoy feliz». José Poblete y Pablo Pacheco también van mucho con sus mujeres. Entre los tres y el resto de ventilleros limpian, barren y adecentan la aldea. Preparan el ‘ángelus’, la hora del aperitivo en Ventillas, en la calle, debajo de una lona para hacer comunidad y para no olvidar que esa es la vida que les llena.

Los ventilleros son autosuficientes como una tribu. «Cuando vamos a pedir algo al Ayuntamiento siempre nos dicen que no hay dinero para la aldea, así que nos tenemos que autogestionar para que esto no se pierda». En medio de la sierra, cerca del balcón del Valle de Alcudia, se sienten abandonados porque tienen que hacer todo con sus propias manos. «Pagamos los mismos impuestos que un vecino de Fuencaliente pero no nos arreglan las calles ni las aceras, que están todas levantadas por el agua que cayó en primavera, nos traen las luminarias que ellos han desechado igual que el mobiliario urbano». Tomás habla lento, con un tono de voz plano. No es hombre de sobresaltos. Recuerda que la última gran inversión que entró de una administración fue de 70.000 de las antiguas pesetas cuando estaba de presidente de la Diputación Francisco Ureña, entre el 87 y el 95 para arreglar el histórico pilón.

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Viendo lo que había, se unieron como asociación y de las cuotas de los socios salen las reformas, como los mil euros que invirtieron en el tejado de la ermita. «Nosotros limpiamos las calles, el arroyo, quitamos la maleza para que no se coma el colegio y con eso y con todo esta vida es la que queremos». Agradecen vivir en plena naturaleza, con los pies negros, en un lugar recóndito donde sus nietos juegan los domingos a indios y vaqueros y a levantar cabañas de madera con las que hacerse fuertes en la aldea.

De ventillas a Minas del Horcajo

El camino a Minas desde la N-420 no está tampoco asfaltado, está como olvidado, sin casi señalización, dejando un trayecto de siete kilómetros de vaivenes constantes entre socavones por los montes de Sierra Madrona. De frente se abre un cruce de caminos. Hacia la derecha a la Venta de la Inés, en el paraje de la Cotofía, donde cambiaban los tiros las diligencias en época de Cervantes y donde resiste con los pies hinchados de hacerse el fuerte Felipe Ferreiro y su hija Carmen. Hacia la izquierda se llega a Minas del Horcajo, un poblado al otro lado del túnel de un único sentido, con un botón en la roca que acciona la luz del paso.

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Entre edificaciones semiderruidas de algunas entradas a los antiguos pozos mineros y con el único ruido del tren de Alta Velocidad a su paso, en el valle donde se construyó la pedanía viven todo el año apenas nueve personas. Gente de allí de toda la vida que no ha querido irse porque no se ven fuera de la pradera, porque la aldea de Almdóvar late todavía y porque se empeñan en que su remanso de paz no desaparezca.

«Cuando yo era pequeño había de todo, panadería, carnicerías, bares y la gente trabajaba en las minas, había muchas casas». Juan García tiene 86, le lleva 11 a su mujer Pilar y son los últimos moradores de la pequeña aldea, vecinos de Verónica Gómez, la dueña de la casa rural que teniendo un bar en Fuencaliente pasa casi más tiempo en la pedanía. «A mí me gusta esto, es cómodo y tranquilo y si te organizas bien con una o dos veces que cojas el coche a la semana para ir a comprar y al médico es suficiente, ya depende de cada uno».

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Las ovejas de Juan andan por la carretera en plena libertad, como ellos viven, como han querido y quieren, sin ataduras, sin miedo y hasta sin gente en uno de los emplazamientos mineros del valle que llego a tener una población de 2.000 ‘pies negros’ gracias a unas minas que se cerraron en los 60 dejando el fuerte vacío y sólo con unas cuantas casas en pie como el decorado de un poblado del oeste.

De Las Minas a Veredas, junto a Brazatortas, el anejo que tuvo un colegio donde ahora hay un parque infantil sin niños, situado a los pies de la Sierra Norte de Alcudia, en los aledaños del puerto del mismo nombre. Allí vive Paqui Calero con su hermano y su madre. Tiene 50 años, durante 20 trabajó en Madrid, se quedó en paro y retrocedió por sus propios pasos a la casa que la vio nacer en la calle de El Pilar. «Nací en esa casa y ahí me he criado». El lugar donde se ha construido su fuerte, de donde es aborigen.

No hay bullicio ni gente por la calle. No queda ya nadie de sus conocidos, los que están llegando no son nativos como ella de Veredas, pero eso no es problema. «Yo tengo mi coche y cuando quiero me voy a Almodóvar con mis amigos, el problema es el trabajo que cuando dices que tienes 50 años ni te tienen en cuenta, pero bueno cuido de mi madre que no es poca cosa». De Elisa Fernández que a sus 85 recuerda que de lo guapa que era de joven su padre no le dejaba salir de noche. «Yo ya soy la mayor del pueblo y ya no queda nadie de cuando era una niña, una pena».

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Paqui no tiene hijos, está soltera y si permanece, si resiste en Veredas, es porque es su hogar, su niñez, la brisa de cada mañana, el fresco de la sierra en verano, su vida entera y la de su hermano que se ha quedado con el ganado de su padre que murió hace cuatro años. «Yo no creo que estos lugares vayan a desaparecer porque vendrá gente de fuera para vivir aquí, para retirarse».

Tiene la esperanza de que siempre haya indios de pies negros que mantengan viva la pradera, que bailen la danza del sol alrededor del ‘Abuelo’, que pongan voz a los 700 kilómetros cuadrados del Valle de Alcudia, mientras usan herramientas como internet, un ordenador, un coche y un móvil para resistir, para atestiguar su existencia, para que nadie pueda escribir nunca que al final del túnel no hay vida.

Reportaje gráfico de Pablo Lorente www.pablolorente.com