Cicatrices de una batalla ganada

en Historias

Las que se ven y las que no. Cuatro luchadoras de diferentes edades hablan de cómo el cáncer de mama ha cambiado sus vidas, de lo que les ha arrebatado y lo que ha sembrado en ellas. A partir del diagnóstico sólo hay una salida, seguir

Es cáncer, ahora hay que ponerle los apellidos. La rabia estalla, el miedo paralizante penetra en los poros de la piel y un huracán de sentimientos irrumpe en el alma. Pocas palabras desatan tanta angustia y desasosiego en las personas que se cruzan en su camino. Pero no hay otra forma de nombrarlo. El cáncer es cáncer. Miedo a morir, culpabilidad por hacer sufrir y prisa por vivir. Flaqueza y coraje.

«Da igual la edad que tengas, es un mazazo. Pero cuando tienes niños pequeños todo adquiere otra dimensión». Laura González focalizó sus temores en su hijo de 4 años. Se olvidó de sus 38 primaveras y de su plaza de maestra, sólo pensó en qué iba a ser de su hijo si ella faltaba, en cómo sería su vida. En ese momento y a partir de ahí un único deseo la inundó: cumplir días. «Le dije al doctor, quítame un pecho, los dos, los ganglios y los dos brazos si es necesario, sólo quiero tachar días en el calendario, quiero vivir».

Laura, Eloísa, Paz y María José, cuatro ciudadrealeñas que han vencido al cáncer de mama, hablan de sus cicatrices, de lo que han perdido y lo que han ganado desde aquella primera frase que marcó el diagnóstico y que sólo dejaba abierta una salida: seguir adelante.

Amuma Ciudad Real celebró en 2017 veinte años plantando batalla a una enfermedad que afecta mayoritariamente a mujeres, con una tasa del 90% de supervivencia, y dando aliento y apoyo a valientes en lucha por la vida como ellas.

El cáncer sorprendió a Laura en la ducha una mañana de septiembre de 2016, días antes la habían avisado para empezar a trabajar en un colegio de Miguelturra, donde reside. Vivía un momento feliz, dulce y ese bulto no tenía que estar en su mama izquierda.

¿Voy a morir? Fue la primera pregunta que le hizo al doctor Ricardo Pardo, coordinador de la Unidad de Mama del Hospital de Ciudad Real, cuando fue a recoger sola dos semanas después los resultados de la ecografía. «No le pedí a nadie que me acompañara ¡Yo qué iba a pensar que me iban a decir algo así!» Un cáncer de grado 4.

A los pocos días llegó el resultado de la biopsia y le pusieron los apellidos, un carcinoma ductal infiltrante, que retumbó en el interior de Laura, de su marido y sus padres. Se sintió culpable por los cigarros que se fumó antes de los 30, por su ritmo de vida, por salir de cañas, por su alimentación y hasta por respirar. No tenía culpa de nada. «Es muy gore lo que llegas a pensar». El 26 de octubre la estaban interviniendo. «Conservo mi mama y me quitaron todos los ganglios linfáticos porque estaban afectados, me hicieron un vaciamiento axilar». Eso y 16 sesiones de quimioterapia. «He llorado todo. Se me calló el pelo una putada, no te reconoces en el espejo, una putada, físicamente estás débil, horrible; pero sólo quieres vivir y hoy doy gracias todos los días por estar viva».

Laura sigue de baja, terminó en diciembre el tratamiento y tendrá que incorporarse pronto a las aulas. El cáncer le ha arrebatado la intolerancia al miedo. «Creo que lo tendré por siempre y para siempre jamás, pero es que está muy reciente, por eso quiero que pase el tiempo». El cáncer ha sembrado en ella la necesidad de un te quiero, la pasión por los detalles, las nubes y los amaneceres y la facultad de saber medir sus fuerzas, de no darlo todo. «Vivimos muy rápido. No nos escuchamos. Si estoy cansada me tomó un café, si me duele la cabeza una pastilla, en vez de descansar y parar»

«¡Para! Si no tienes nada te tomas unas cañas y lo celebras y si te toca pues a luchar, no queda otra». Eloísa Moreno no pudo celebrarlo, la doctora que le dijo esa frase le confirmó el 8 de abril de 2015 que tenía cáncer, 46 años y una lucha que emprender.

Pablo Lorente www.pablolorente.com

Lo peor es que en el transcurso de una prueba para un medicamento vieron manchas en los pulmones de Eloísa, con el resultado de 90% de metástasis. El mundo con todo su peso le calló como una losa. «Yo dije pues ya está, hasta aquí». «Mi oncóloga me hizo un TAC, porque si era así había que priorizar el pulmón antes que la mama, pero sorprendentemente el TAC lo descartó ¡Qué bien sólo me tienen que quitar un pecho! Fue la frase que salió de mi boca». Le quitaron la mama izquierda el 5 de junio. «La tengo reconstruida pero la prótesis está muy alta y mal colocada. De momento no me planteo otra operación, aunque no lo descarto porque es muy importante reconocerte ante el espejo».

Eloísa es administrativo en Cáritas Ciudad Real, donde ha regresado tras año y medio de baja, medicina para recomponer su vida. En el momento del diagnóstico estaba separada y su hijo tenía 16 años. «Era un adolescente y se lo tragaba todo. Un día lo abracé, se derrumbó y le dije, Javier esto va a ser sólo una racha mala. Sacas fuerzas ¿Qué otra opción tienes?».

A Eloísa nunca le ha dado miedo la palabra, tuvo cáncer y así lo decía a quien le preguntaba. «Las palabras no dañan, el miedo era para mí no poder superarlo por mi hijo, mis padres y mi pareja». Desde la distancia y tras un proceso de quimioterapia muy duro, sostiene que el cáncer le ha enseñado a tomarse la vida de otra manera, a relativizar «Antes me comía mucho la cabeza por todo, ahora no me lo llevo tanto al interior. Me ha dado más paz».

María Paz Infante llevaba 31 años viajando por España y el extranjero como delegada de ventas de una línea de cosmética. Evaluaciones cada quince días, estrés, trabajo, casa, hijos y, de repente, cáncer. «No te dañan, qué arte para comunicarte una cosa así, me dijeron que me iban a guiar y tú haces caso omiso a todo lo que te dice el médico que te da la noticia. Es como un dios».

A Paz le dieron el diagnóstico en junio de 2009, con 50 años. No estaba sola, la acompañó su amiga del alma, su sostén. «Qué importante el papel de las mujeres, de tu vida en este proceso. Yo iba como trastornada bajando la calle Ciruela, no sabía cómo reaccionar y lo primero fue pensar en mis hijos, en una edad en la que me necesitaban como referente y apoyo».

Sus ojos se desbordan. «Lo hice muy mal con ellos. La primera intervención se la oculté a los dos, mi hija tenía entonces 18 y estaba en los exámenes finales de Universidad. Tuve esas narices pero quería protegerlos. No era mi derecho, pero no me arrepiento porque lo hice mal desde el cariño, para no herirlos, porque pasaron a ser afectados también».

A Paz le hicieron un vaciamiento axilar y una mastectomía y está a la espera de la reconstrucción. «A Ciudad Real, a su hospital, le falta la guinda, un cirujano plástico para que no nos tengan que derivar».

Pablo Lorente www.pablolorente.com

El cambio físico fue tal que no la reconocía «ni la madre que la parió», pero eso fue lo de menos. Para Paz lo demás ha sido perder afectos, gente en el camino, aunque ha ganado a otra. «A cada persona le pilla en una situación vital distinta y no soy quien para juzgar, pero en ese momento no tenía la capacidad». Terminado el tratamiento, volvió a su empresa y a su mismo puesto, que ha mantenido hasta junio del año pasado cuando la despidieron.

Paz ha ganado «armonía y equilibrio» y una relación con sus hijos que no hubiera tenido de otra manera. «Es que después viene la vida y te sigue dando palos. Yo he tenido más operaciones, un despido y además este proceso lo iniciamos cuatro personas y lo acabamos tres. Pero con pelo, sin pelo, con cejas o sin cejas se sale. Todo se armoniza. Yo les prohibí a mis hijos decir por qué a nosotros».

Si a María José le hubieran dicho que iba a pasar por todo lo que ha pasado no se lo hubiera creído. Era mayo de 2008 y hacía cuatro días que se había sometido a la mamografía rutinaria del programa de detección precoz. Tenía 56 años, tenía que hacer la comida, comprar, tomar un café con sus amigas e ir a trabajar al mismo puesto que venía desempeñando desde 1973 como auxiliar psiquiátrico en el Centro Guadiana. Tenía muchas cosas que hacer, pero todas tuvieron que esperar.

«Efectivamente tenía cáncer de mama, en la izquierda. Todo se paraliza». Ella se lo imaginaba, sin embargo su marido palideció. «El cáncer asusta. Pensó más que en ella misma en sus hijos, en Sergio, Cristina y Beatriz, que ahora tienen 37, 30 y 28 años, a los que les iba a cambiar la vida. Se venía abajo en soledad, agotada de hacerse la fuerte, hasta que el 9 de julio fue intervenida. Le hicieron un cuadrante. El pecho se le quedó hundido, pero no quiso someterse a la reconstrucción. «Me he habituado a verlo así».

Para María José, lo peor de todo el proceso fue la quimio, que le arrebató las fuerzas y le afectó al hueso. En su caso, además, por el tipo de trabajo y por la edad, el cáncer sesgó su vida laboral. Al mes de empezar el proceso la avisaron de su prejubilación. Podía desempeñar otros trabajos pero no el suyo por la fuerza física que requiere. Aunque es lo que más echa de menos, todo fue acoplarse, continuar con el sueldo de su marido que ha sido su apoyo junto a sus hijos. «Te adaptas a lo que hay, porque al final lo que quieres es vivir. Ahora doy paseos, no me preocupo tanto por la casa y la limpieza, disfruto de mi nieto de 3 años, viajo, hice un crucero, y colaboro en Amuma para ayudar a otras mujeres. Todo se ve muy negro al principio, pero todas somos capaces de salir».

Pablo Lorente www.pablolorente.com
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