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Alea jacta est

en Historias

No es fácil entrar en Roma, donde confluyen las aspiraciones de miles de personas, pero una vez dentro la suerte está echada, todo es crecer. El talento y la implicación de los 1.500 de Repsol es la mayor riqueza de la refinería.

Amanece donde la tierra, el cielo y el sol proyectan el horizonte de la llama encendida entre la calima, el rugido de motores y los cantos de sirenas. Un hombre inicia un ascenso en una cabina que dura dos largos minutos. Con 20 años lanzó la moneda al aire y salió cara, treinta años después lo siguen llamando ‘el niño’. Se aferra con sus manos a los hierros de una barandilla, mirando desde lo alto a un dominio que dura más de medio siglo. Allí, a medio kilómetro del suelo, se está más cerca del cielo, del aire limpio, en la ciudad del crudo, de inabarcables esqueletos de hierros y tubos de mil formas y colores, donde la vida carbura.

Desde lo alto del reactor de la unidad de FCC de Repsol todo se ve más pequeño, siendo un complejo inmenso que se mueve las 24 horas del día por turnos de trabajo, los 365 del año. No hay descanso, ni siquiera durante los tres meses que suelen durar las paradas para poner a punto las instalaciones, con millonarias inversiones para mejorar y modernizar las plantas. Es en ese tiempo detenido cuando más se trabaja, bajo la llama del quemado del gas natural en antorcha que ilumina la tierra soñada.

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No es fácil entrar en Roma, donde confluyen las aspiraciones de miles y miles de personas que un futuro prometedor, sus políticas de conciliación y el interés de la empresa por hacerlos brillar. Entran los mejores, mediante unos exigentes requisitos, y una vez dentro, la suerte, en mayúsculas, está echada. Todo es crecer en una empresa que cuida a las personas, su mejor baza. Su talento, su aportación, su esfuerzo, su trabajo e implicación en cada uno de los proyectos son la mayor riqueza que posee la petroquímica. Ninguna industria se levanta y progresa sin la fuerza y la calidad humana.

Son apenas las nueve de una calurosa mañana de julio y el complejo está en plena efervescencia, en el corazón de la refinería, uno de los centros industriales más punteros de Europa. Hay trasiego, hombres y mujeres que entran y salen, charlan en grupos y caminan por el asfalto vestidos de romanos. Así llaman al uniforme de batalla para poder trabajar y moverse entre las plantas de las 70 unidades que bullen en un continuo ciclo productivo. Pantalón azul marino, camisa naranja butano, con el horizonte de Repsol bordado cerca del corazón; botas de punta de acero a prueba de toneladas, cascos, guantes y gafas. «Cuando hay que vestirse de trabajo decimos ¡Ya vamos de romanos!» Sólo así pueden moverse por las instalaciones para realizar las labores de mantenimiento, control y revisión de procesos. Así es un día entero de trabajo en Roma.

Repsol, reportaje de la petroquímica. laboratorio de refino y MHC

Hasta el infinito y más allá

«Me gusta vestirme de romana y alternar el trabajo de oficina con el de campo. Repsol para mí huele a mejora, a ilusión a crecimiento». Laura Bello es uno de los 1.500 romanos de Repsol, ejemplo de la proyección y de la oportunidad de igualdades en una empresa donde hace 30 años apenas había mujeres en sus filas. A sus 37 años desempeña el puesto de gerente de fiabilidad de la parte química y de refino del complejo puertollanero. Es la primera mujer en 60 años de historia de la petroquímica que accede a este cargo. «Entré en 2006, tras realizar el máster de petroquímica de la empresa y he ido escalando hasta llegar a este puesto, fue un cambio total en mi vida, me vine de Madrid y me alejé un poco más de mi tierra, Galicia, pero me encuentro integrada, feliz».

Ella, como el resto, crecen dentro de una multinacional que les permite el ascenso profesional, el petróleo es la gasolina que mueve sus vidas en la ciudad de la química, donde el amor también se propaga y hace chispa. «La gente se resiste a la idea, pero la vida es sólo química», dice el ganador del Nobel Roger Kornberg.

Laura y su marido son pareja Repsol. «Nos conocimos en la planta como otros tantos y es normal, pasamos mucho tiempo juntos» y de esa unión, dos niñas. «Esto para mí lo es todo, es la empresa que me da trabajo y es mi familia aquí». De su primer día en la refinería recuerda quedarse boquiabierta con las distancias entre planta y planta y su primera gran parada. «Es una experiencia que hay que vivirla para saber lo que es, no te la pueden contar», por eso su mayor satisfacción es finalizar una de ellas con éxito, lo peor para ella es cuando se va algún compañero, profesionales que vienen de fuera y al final intentan acercarse a su tierra.

Muchos romanos de la ciudad del horizonte naranja son nietos e hijos de los primeros líquidos y lubricantes de la Calvo Sotelo, llevan en el ADN el queroseno. Son jóvenes que han crecido en el seno de familias Repsol, antes la extinta Enpetrol, entre anécdotas, paradas de larga duración y las guardias de sus padres durante el fin de semana. Otros tantos vienen de fuera atraídos por la llama del progreso, ingenieros para los que empezar, crecer, formarse y desempeñar cada día su profesión en una refinería del nivel de la de Puertollano es una de las máximas a la que pueden aspirar. Reciben un continuo reciclaje y formación, trabajan por turnos o en horario continuado y gozan de medidas reales de conciliación, con horas y horas de formación específica a su alcance, en seguridad y prevención.

«Para cualquier ingeniero químico llegar hasta aquí es un sueño, cuesta pero una vez dentro no nos queremos mover». Roma no se construyó en un día. Así lo ve Raquel Sánchez, una joven de 26 años, ingeniera química y en pleno aterrizaje en la refinería, donde llegó desde Madrid tras cursar el máster Repsol hace siete meses. «Por mucho que te imagines lo que puede ser trabajar aquí, hasta que no llegas no eres consciente de su magnitud».

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La ciudad a la que conducen el petróleo es para ellos muchas cosas. Cambios, retos, procesos, aprendizaje, sueños cumplidos, vivir una evolución, ser protagonistas de una revolución. Cambian ellos, cambia el mundo. Se sienten «útiles» para la sociedad, a la que dirigen sus conocimientos para mejorar la vida de las personas. Con una capacidad de refino semejante a la longitud de una fila de camiones cisterna entre Sevilla y Berlín, ida y vuelta, la petroquímica manchega produce prácticamente todos los derivados del petróleo. Una gama que abarca gran parte de las aplicaciones que se utilizan en la vida diaria, desde champús o pañales, envases para preservar los alimentos, espumas para mejorar los colchones o material para cables y electrodomésticos; aceites lubricantes, parafinas, asfaltos, «bajo exigentes estándares de calidad».

En lo alto, con vistas a Puertollano, está Ana Orallo, de 39 años. Probó suerte hace 14 y Repsol se convirtió en su primera oportunidad, su primer trabajo. Es asesora técnica para el proceso de fabricación de politileno de baja densidad y EVA,realiza mejoras de procesos y calidad del producto. «Mi vida tanto personal como profesional ha cambiado mucho, todo». Tiene oportunidades de mejora continua y asegura que allí las mujeres «son unas privilegiadas». «Nuestra entrada hace años ha enriquecido los procesos de producción». Además, siendo de Valladolid, percibe como el que más la fuerte simbiosis entre Puertollano y la empresa.

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Petróleo en vena

Alea jacta est, pronunció Julio César antes de cruzar el río Rubicón con sus legiones. Repsol es a Puertollano lo que el césar a lo romanos. Una suerte de liderazgo, un bastión. Es oxígeno, el sueño de muchos jóvenes de la ciudad que ansían seguir los pasos de sus antepasados que trabajaron las minas abiertas de carbón, para poder tener una estabilidad sin tener que abandonar la tierra en la que desean estar.

La mañana camina hacia el mediodía, hay coches moviéndose, ruido de vapores, controles de seguridad y kilómetros para andar. José Carlos Olmo llegó allí cuando tenía apenas 20 años y la mayoría de gente con la que empezó eran mucho más mayores. «Todavía hoy cuando me cruzo con alguno de ellos, ya jubilados, me siguen llamando ‘el niño’». Su padre trabajó en Fertiberia y allí se jubiló y él empezó en Repsol primero como operador, luego fue panelista y desde hace tres años es jefe de fábrica en combustibles con una veintena de profesionales a su cargo. «Esto ha cambiado mucho, ha sido mi escuela, aquí me he formado como persona y he crecido como profesional».

Tiene todavía latente el recuerdo de lo vivido en agosto de 2003, cuando ardió Roma con Santiago, cuando Puertollano enmudeció tras el incendio de Repsol en una jornada negra como el carbón para toda la provincia. «Fueron días muy tristes, pero trabajamos sin descanso para que aquello no se volviera a producir, por eso la seguridad es lo primero». Para José Carlos, la refinería es su casa, forma parte inseparable de su vida y de su desarrollo personal y del de la zona, ya que cuando acabó la extracción de las minas, la comarca empezó a respirar gracias a la industria.

El crudo llega a Puertollano desde Cartagena a través de un gran oleoducto para ser refinado y extraerse los derivados del petróleo en las áreas de refino, química, lubricantes, asfaltos y GLP. Si su padre viviera, le diría cada día a Irene lo orgulloso que está de ella. No puede contener la emoción y las lágrimas al recordar a su referente, Tomás Martín. «Murió el año pasado a los 64, recién jubilado, tras 45 años en la empresa y se puso muy contento cuando yo empecé a trabajar aquí hace once años, porque él entró con sólo 15, era analista de laboratorios y mi abuelo fue de los hombres que ayudó a fundar las minas de la Calvo Sotelo». Pero Irene no entró por una cuestión familiar. «En Puertollano es algo que vemos como eslabón a la estabilidad, aunque también influyó mi padre claro, por eso significa tanto para mí; mi primer trabajo, amigos, familia y mi pareja que la conocí aquí». De nuevo el amor en el aire de Repsol. «Entré con la esperanza de que sea para toda la vida. Trabajar aquí implica responsabilidad y respeto».

Su tecnología de vanguardia es quizás una de los atractivos que llevó a Fernando Ortega a querer convertirse en romano. Tiene 35 años, toca el bajo en The Buyakers y hace ocho años, el día antes de partir de luna de miel, recibió la llamada de Roma. «Fuera de aquí la imagen de Repsol es diversa, muchos conocen esto de oídas y eso te lleva a dar opiniones que no siempre son las más acertadas». El futuro de la petroquímica lo tiene claro, el de una empresa integrada en el nuevo proceso de adaptación a las nuevas formas de consumo y con un firme compromiso con el medio ambiente y la reducción de emisiones.

También puertollanero es Javier Zamora Félix, de 45 años y 21 años en el complejo. Es gestor de seguridad. «Entré en el 97 a través de un curso de operador de plantas química y para mí ha sido estabilidad, poder desarrollar un proyecto de vida no sólo a presente sino a futuro, estaba en el paro y supuso mucho».

Repsol, reportaje de la petroquímica. laboratorio de refino y MHC

A la industria de donde sale el pan de tantas familias se entra con un esquema y se sale con la boca abierta. Es otro mundo, una macrociudad que vista desde arriba parece futurista, con grandes rascacielos y autopistas en la que se aparca siempre en batería, de cara a la salida. Los hombres aspiran la nicotina en fumaderos, salpicados por el complejo en forma de marquesinas, en los que no hay mecheros que valgan, sólo se encienden cerillas. Dentro las distancias agotan, cansan, se hacen en coche entre planta y planta y cada diez metros, un paso de cebra obligatorio para los que andan, es como el camino del que nunca hay que salirse de baldosas amarillas. Si se pisa el asfalto saltan las voces de alarma. Todo marcado por la seguridad en un complejo que no se la juega, de 480 hectáreas, con más suelo que Puertollano. La única refinería en el interior de España.

«A ver no es que todo aquí sea perfecto, pero dentro de que somos humanos y fallamos, trabajamos en una empresa que nos permite equivocarnos y aprender de los errores, aunque esos fallos impliquen pérdidas. Son parte del proceso de aprendizaje y desarrollo profesional». Paco González es ya mitad salmantino, mitad manchego, de sus 51 años lleva ya 25 en la nacional. Desempeña su labor en el área de programación en las oficinas centrales, en el cerebro de la petroquímica. Programa en el corto y largo plazo la actividad de la refinería, pero ha pasado antes por muchas áreas.

En el complejo el calor no sólo se sufre, se nota, se palpa, se ve, se suda debajo de la piel de romano. La mañana termina, el cambio de turno anuncia el final de la rutina. Entran y salen, no sólo los 1.500 de Repsol, sino el medio millar más de 80 empresas auxiliares. La ciudad late. Suben a decenas de autobuses que los llevarán hasta las puertas de sus casas y acceden los relevos, porque en Repsol la actividad nunca cesa. Ellos accionan su motor, igual que accionaron el de su propio cambio al entrar en Roma, donde la suerte está de cara.

Reportaje gráfico de Pablo Lorente www.pablolorente.com

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